PUNO
Puno
Un viejo se ofrece llevarnos hasta la terminal por dos soles. Aceptamos. El viejo arranca, pasa el cambio, frena. Llegamos dice. Apenas hizo algunas cuadras. Nos sentimos estafados, pero que le vamos a hacer. Cosas que pasan cuando se cruza una frontera. Todo es nuevo y uno se siente un poco inseguro, un tanto desorientado. Por suerte, en Puno, que es hacia donde vamos, nos espera Rodri, nuestro nuevo anfitrión en Couchsurfing. Tomamos una buseta y nos vamos directo para su casa.
El viaje es largo, pero se retrasa aun más, por un perro que no quiere moverse de la ruta. Es un perro negro que descansa a la mitad del pavimento y pareciera no oír la cantidad de bocinazos que toca el conductor, que luego de un rato haciendo bulla, se baja y trata de espantarlo con los brazos. Sin éxito, el perro enseña los dientes y el conductor vuelve al vehículo a tocar de vuelta la bocina. Finalmente se baja un viejito muy viejito, que viaja acompañado de un costal de papas inmenso, y con unas palabras que no llegamos a escuchar, hace que el perro lo mire, se levante, se corra. Un rato largo hasta que el viejito vuelva a la combi, por la lentitud de sus pasos, se suba, y por fin volvamos a arrancar.
Llegamos de noche. Nos recibe Rodri en su departamentito. Cuenta mil historias de sus viajes por Latinoamérica y se va a trabajar. Hace horario nocturno. Así que se va y nosotros nos quedamos. Ponemos el colchón que nos dejó en el medio del living, en el pedacito de espacio libre que queda, frente al enorme televisor de setenta pulgadas. Y a dormir que estamos cansados, pero con los ojos abiertos, para no desaprovechar la caja negra, que suele escasear en un viaje como éste.
Al día siguiente, nos levantamos y nos vamos a recorrer la ciudad. El olor a mierda del lago Titicaca de este lado de la frontera es insoportable. Adivinamos pronto a donde van los desechos cloacales de la ciudad y nos entristecemos. Cómo puede ser que hasta al lago más sagrado del mundo le hagamos esto. Literalmente hacemos mierda todo. La baranda inunda el ambiente. Vemos algunos pájaros sobrevivir entre la inmundicia, cerca de unos conejos, que se escabullen entre los pastos altos y unas bolsas de basura.
Que triste es el mundo hoy. Que desprecio por la vida, por nosotros, desprendemos a cada paso que damos. Somos basura. Basura el mundo, basura la tierra, basura en el agua, basura que vuela arrastrada por el viento, basura que se quema por no saber que hacer con tanta basura, que se va al cielo, se esparce por el aire, y vuelve a nosotros, ingresa a nuestros pulmones o nutre nuestro sistema, mezclada con el agua que bebemos o los alimentos que ingerimos, para después salir en las palabras que decimos, nos decimos, y en lo que cagamos. Y toda esa mierda que vuelve al lago para que la respiremos y recordemos que somos eso, nada más que basura.
- La concha de su madre. – exclamo con gusto a mierda en la boca.
- La puta que lo parió. – dice Nyz tapándose la nariz.
Y nos alejamos del paseo junto al lago, tristes, hechos un bollito, como bolsitas de residuos cansadas de esperar a que alguien las venga a recoger, y se ponen a andar, ensuciando las veredas, las calles, la tierra de un mundo maltratado por seres que no se quieren, que lo odian y se odian. Basura, tristemente, eso somos. Basuritas caminando.
Las lágrimas resbalan por nuestros rostros dejando un surco blanco entre tanta mugre, y al limpiar las gotas que caen por las mejillas de Nyx, descubro su piel blanca detrás de la suciedad del mundo. Y ella escurre las mías con un pañuelito usado que tenía en el bolsillo. Y de a poquito y en silencio, nos vamos limpiando la suciedad que cargamos, con el agüita que cae de nuestros ojos.
Abajo de la basura, el mundo. Debajo de tanta mugre, nosotros. Por suerte logramos vernos. Allá, acá estamos, escondidos, refugiados. Y aunque lo que veamos, lo que olamos, lo que probamos sea pura basura. Oculto, debajo de todo lo que desechamos, de todo lo que no queremos; abajo del odio, de la guerra, de toda la mierda. Allá atrás, bien en el fondo; acá, en lo profundo: nosotros, el mundo.
A veces solo hace falta llorar un poco para dejar de escondernos, aceptar eso que no nos gusta, recordar quienes somos y donde estamos. Enjuagarnos los ojos para ver mejor. Y allí, un conejo y sus conejitos que se acurrucan entre los yuyos y la podredumbre. Una garza vuela cruzando el lago Titicaca hacia el ocaso. Y aquí, un par de bocas que se encuentran y pronuncian un beso, que suena mejor que una mala palabra.




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