PUNO - Los Uros

Los Uros

- Viaje en lancha por el lago más alto del mundo, hacia Los Uros – Grita un tipo cerca del puerto, y viene corriendo a nosotros a saludarnos en inglés pensando que llevamos dólares en los bolsillos.

- ¿Qué son Los Uros? – pregunto y le borro la sonrisa junto a la utopía de cobrarnos más caro.

- Islas de totora creadas por el hombre. –

- Y la mujer. – agrega Nyx cansada de escuchar siempre el género masculino para generalizar. El tipo pareciera no entenderla, y dice:

- El viaje ida y vuelta sale 10 soles. Pasan un rato en la isla y regresan. Allá les contarán toda la historia referente a su vida, a su historia, a sus quehaceres cotidianos. Vamos anímense. – y nos señala la lancha que está a punto de partir.

- ¿Diez soles? ¿Y allá no hay que pagar más nada? – pregunta Nyx.

- No, nada.

- ¿Seguro? Mirá que no tenemos plata. –

- Sí, seguro. Hay un barquito que los lleva a otra isla, pero si quieren lo pagan y si no quieren no. – Asegura mientras sonríe y nos señala la lancha.

La miro a Nyx, concordamos con una mueca que bien podríamos ir y aceptamos. Pagamos los veinte soles y a navegar por el lago. Cualquier cosa con tal de alejarnos de la orilla con olor a mierda.

Un rato por el agua entre los pastizales, hasta que de pronto vemos la gran ciudad de Los Uros. Un conglomerado de islas flotantes hechas de totora. Descendemos en una de ellas. Nos reciben tres mujeres que atan la lancha al poste, nos ayudan a bajar, nos cuentan la historia.

Cuentan que desde antaño viven así, ya que según ellos son los primeros habitantes del mundo. Todo absolutamente todo está hecho de totora. Su suelo, sus casas, sus barcas. Allí existen escuelas de totora, edificios, rascacielos. A lo lejos se ven imponentes torres amarillas de varios pisos de altura donde opera el mercado bursátil de las islas. Allí, hombres en elegantes trajes hechos de totora trenzado y peinado, y algunas mujeres con vestidos hechos del mismo material, negocian los activos del mercado.

No suelen verse a menudo. No les gusta cruzarse con la gente de las islas, prefieren quedarse en lo alto de sus torres. Allí, gaviotas amaestradas, les proveen todo lo que necesitan del continente. No necesitan salir a navegar, tampoco quieren.

Cuentan también de la barca del amor. Un barquito con un diseño estrafalario, con cabezas zoomorfas asomando por la proa, donde los amantes van para encontrar privacidad y así tener un poco de intimidad. Y agregan que si alguna pareja desea puede adquirir el servicio de paseo a tan solo 160 soles. Pero como somos muchos, y tenemos que ir a conocer otra isla, por única vez, van a dejarnos el traslado a 10 soles por cabeza.

Todos aceptan y suben, menos nosotros, que alegamos no tener un centavo. Nos avisan que podemos pagar en dólares, pero nuevamente al aclarar que somos argentinos, la sonrisa se borra de sus rostros. 

- No te preocupes, esperamos acá, hasta que vuelvan. – Les digo a las mujeres, que se miran entre sí y hablan por lo bajo. 

Las islas son pequeñas, y en cada una viven dos o tres familias. No se ven muy animadas a que nos quedemos allí, en el patio de sus hogares.

- ¿Cuánto tienen? – pregunta una dispuesta a negociar.

- Nada. – responde Nyx y agrega – nos dijeron que no teníamos que pagar más nada, así que no trajimos plata. -

Se miran nuevamente y vuelven a cuchichear.

- ¿Nada de nada? – insisten.

- Yo creo que algo tengo. – contesto y hurgo en el monedero. Cuento algunas chirolas – Casi 1 sol. –

Se miran con disgusto. Una extiende la mano.

- Vamos, suban. – Y nos empujan a la barca que quiere arrancar hace diez minutos. Subimos y saludamos a las mujeres que se despiden con un canto en quechua o aymara.

Navegamos un rato. Varias canoas a motor cruzan el lago en todas direcciones. Algunos saludan al barquero, otros siguen mirando hacia adelante. Me llama la atención una que lleva una niña en la punta que mira para nuestro lado pero no saluda. Levanto la mano pero nada. 

- ¿A quien saludas? – pregunta Nyx.

- A la niña de esa canoa. – respondo y señalo, pero cuando vuelvo a mirar, la barca se aleja y no logro distinguirla. Más bien parece que transporta un animal y no una infante.

- No llego a ver. – dice Nyx y pierde el interés.

Llegamos al centro de la ciudad. Donde están los restaurantes. Nos alejamos de la bulla, de los vendedores y nos vamos a observar el atardecer sentados al borde de las aguas. Nyx aprovecha para ir al baño mientras yo preparo los mates. De pronto escucho un ladrido y me sorprendo de que haya perros en la isla. Otro ladrido y la curiosidad me puede y me incorporo para ver de donde viene. Uno más y me asomo tras una choza a ver si lo veo. Pero no hay nadie, solo una nena de largo pelo negro que corre y desaparece tras una casita. Siento una inmensa necesidad de seguirla, pero al mismo tiempo me siento raro yendo tras de ella, asi que vuelvo y sigo con los mates. 

Otra vez un ladrido y otro más tras la choza. De pronto vuelve Nyx, horrorizada del baño y comprobar las sospechas que teníamos.

- Es un agujero en el suelo. Todo va al lago. – dice y pone cara de asco.

- Que mal. –

- Sí, que mal. –

- ¿Viste al perro? – Pregunto sin poder ocultar la extrañeza por los ladridos.

- ¿Hay perros acá? – Logro contagiarla de curiosidad.

- Así parece. Estuvo ladrando uno hasta recién. -

- Que raro. ¿Dónde lo viste? –

- No lo vi, solamente lo escuché. – le explico mientras se acerca el barquero y nos avisa que ya tenemos que irnos.

Nos subimos a la barca y nos vamos mientras la noche cae. La niña que hace un rato corría por la isla, se asoma tras una choza y me mira. Es muy parecida a la que iba en canoa, y al igual que ella no me saluda cuando levanto la mano.

Nyx me mira y mira a la isla, pero no pregunta nada. Yo tampoco digo nada al notar que la niña ya se ha esfumado.

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