SILLUSTANI
Entre tumbas
¿Qué formas tomará la muerte antes de presentarse? ¿Vendrá en manto negro y con sus ojos huecos? ¿Tendrá una hoz o una botella en la mano? ¿O será un rostro conocido? La imagen de tu vieja o de tu viejo. De un hermano o algún amigo. O será tal vez alguien que nunca hayas visto, una anciana tierna y benevolente, que te produzca confianza y ganas de ayudarla a cruzar la calle. O será una niña de ojos negros y pelo negro, que asome una travesura en sus manos inquietas.
No lo sé. Pero ya sabré. Espero no sea demasiado pronto.
Viajar en trufi mientras miro nuevos pueblos llegar, pasar e irse, ante mis ojos siempre nuevos, hace que me pregunte, ¿dónde estoy? ¿hacia dónde voy? ¿qué estoy buscando? ¿me visitará la muerte antes de que lo descubra? ¿o me dará el tiempo suficiente de viajar por el mundo y retornar…?
¿Retornar a dónde? Pregunta Nyx sin mirarme. Ella también está en silencio mirando por la ventanilla.
Hacia mi mismo. Respondo sin abrir los labios.
El trufi por fin frena. Llegamos a nuestro destino.
Sillustani, un antiguo cementerio Inca.
En realidad Sillustani es un cementerio mucho más antiguo que los Incas, pero como todo en el imperio, los Incas han llegado a lugares sagrados y han dejado su huella, su nombre y su impronta.
El lugar es enorme. Grandes extensiones de tierra dónde se pueden observar las chullpas. Montones de piedra apilados que indican la sepultura de algún desdichado. Hay tumbas demasiado viejas, otras no tanto, y la más imponente de todas, que vemos a la distancia y de todos los puntos del lugar: la de los Incas.
Los antiguos eligieron este lugar porque lo consideraban un lugar sagrado. Adoraban a una especie de montaña cortada a la mitad en medio de un lago. Su planicie sobresaliendo de las aguas realmente impacta a quien pasa por allí, y es imposible no dejar de mirarla. Hay algo sagrado, místico y hermoso en aquel pedazo de tierra. Hay algo escondido en las moléculas del aire que trae la fragancia de dioses olvidados, de los misterios del principio, cuando a la historia aun no la habían escrito los vencedores ni los vencidos, que pobres, estos últimos, nunca escribieron nada.
Todas las tumbas, las que son solo un montón de piedras, las que parecen tanques de agua, las más sofisticadas con pendientes de rocas que ascienden hasta lo alto de sus techos, y la más hermosa de todas, que parece una urna de quince metros de altura; todas, absolutamente todas, tienen una puerta. Demasiado pequeña e incómoda para meterse, mucho más para ingresar los cuerpos muertos de los desdichados.
Mientras más caminamos nos damos cuenta que todas las puertas apuntan hacia el mismo lado. Todas hacia el oriente. La conclusión asoma y la voz de una guía al pasar la confirma.
- Son para dejar entrar al sol. La puerta hacia este mundo y hacia el otro. Nuestro padre, nuestro rey, nuestro Dios.
No llegamos a contestarle que ya se ha ido.
De todos los cementerios que hemos recorrido en los distintos pueblos a los que hemos ido, este es el más bello y el más sagrado. La fragancia de los dioses que huele a polvo y a olvido, la trae el viento y se la lleva, porque lo divino asoma pero nunca se queda. Algo extraño y hermoso, hay en esa montaña mutilada que vemos a la distancia asomando desde el lago, y nos hace preguntarnos, ¿cuándo será que llegará el día que la muerte vendrá a buscarnos? ¿Será pronto o será dentro de mucho tiempo? ¿Lograré el retorno hacia mí mismo o el camino quedará inconcluso y deberé volver una y otra y otra y otra vez a seguir pisando estos suelos, a seguir aprendiendo, a entender que no hay que ir tan lejos para llegar, que no hay que irse para volver?
Las nubes opacan el sol por un momento y las sombras caminan entre las tumbas. La grama se vuelve negra y la urna gigante de los Incas un oscuro monolito. Solo Dios, la montaña mutilada, permanece dorado en el medio de las heladas aguas del lago. Pronunciando una pregunta que no llego a oír por el rumor de mis cavilaciones, y una respuesta que no entiendo por no hablar el idioma de los Dioses.
El sol se descubre, las nubes pasan, y ante mi la imponencia de los Incas. Las piedras que encastran unas con otras, su arquitectura deslumbrante y magnificente, aun ante la muerte. Sobre todo ante la muerte. Encontraron aquí las momias de un personaje importante. Se sabe de su rango por el oro que hallaron con él, y por la cantidad de gente que estaba a sus costados. Se presume que sus esclavos. Ellos sí conocían el final de su destino, que llegaría y llegó, coincidente con el de su amo. Si la guerra o la enfermedad, la mala suerte o la calamidad, se lo llevó a él temprano. Sus esclavos y esclavas, enlazados con cadenas de infortunio a los fatales designios del destino, estaban obligados a acompañarlo. Y si fue la peste, el fuego o la maldad, lo que marcó el fin de la vida de aquel, para ellos fue el puñal. Sin importar sus deseos, su sexo o su edad. Encontraron hasta a un bebé momificado en los brazos inertes de su madre. Así para toda la eternidad. Un bebé para siempre sobre el pecho de su madre para siempre .
La muerte llega y está ciega, y toca con su mano a todos por igual. ¿Estará cerca? ¿Le faltará mucho? ¿Nos encontrará satisfechos en la cama boca arriba, dejando el último respiro con los ojos aun cerrados soñando aun con verdes prados a orillas de un profundo lago color azul oscuro azul claro? ¿O desparramará mis restos en el asfalto al cruzar sin mirar hacia un costado la ruta final de mi destino?
No lo sabré. Tocará esperar. Pero no lo haré sentado. Cuando me encuentre quiero que me encuentre andando, haciendo, caminando. Ni al principio ni al final, en medio del andar, a mitad de mi camino.








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