CHUCUITO
El Templo de las Porongas
Hoy la vida es esto. Ir de un lugar a otro. Ir y venir. O ir para no volver. O volver, pero por otro lado. Es decir ir de retorno, en reversa. De acá para allá, apretados, en trufi, con Nyx hasta el fin del mundo. Y de regreso.
Ir y venir. Irse para volver. Siempre volver.
Aunque ahora recién estamos yendo, bien apretaditos, en una trufi que parece más pequeña que el resto, hasta un pueblo cercano. Hoy vamos para Chucuito. Hoy vamos al valle de las porongas.
Es difícil contar esta historia sin sentir un poco de vergüenza. No arrepentimiento, pero sí una sensación de incomodidad.
Chucuito es un pueblo hacia el cual, hombres y mujeres de todas las edades peregrinan cuando tienen algún pedido que solicitar o una promesa que cumplir. Allí radica un templo distinto. Un templo lleno de porongas de piedra. Un templo con pijas en punta, enormes y bien duras. Es custodiado por mujeres jóvenes y hermosas. Morochas, con el pelo recogido, polleras largas y de colores. Todas de ojos negros. Todas vírgenes. Es requisito para servir en el templo.
Sus ritos son conocidos en todas partes, y hombres y mujeres vienen hasta aquí, no solo a hacer pedidos, no solo a cumplir promesas. Durante las noches de luna llena, cientos de peregrinos se congregan frente a las puertas del templo para orar en silencio, mientras oyen los gritos de las mujeres adentro. Gritos de placer, orgasmos múltiples, gemidos incesantes, alaridos descomunales. En las noches de luna llena las guardianas del templo entran en trance y sus cuerpos son encarnados por la divinidad que las satisface a su antojo, cumpliendo sus deseos más incógnitos, mejor callados. Estimulando sus mentes de tal forma que quedan extenuadas sin siquiera haberse tocado, sin siquiera haber abierto los ojos.
Eso es lo que cuentan los fieles. Las malas lenguas en cambio dicen que no es divino lo que viene a satisfacerlas, mucho menos a recompensarlas. Es mandinga que se divierte con sus cuerpos, cubriendo el templo de neblina, provoca visiones que las vírgenes toman por sueños sin sospechar que aun están despiertas. Y creyendo que es Dios quien viene de visita, se despojan de sus ropas, se entregan abiertas a su destino. Y el diablo con su cola en punta profana sus cuerpos, penetrándolos con rudeza, y ahí los gritos bajo la luna llena, y allí los fieles del otro lado de los muros.
¿Será Dios quién les enseña sobre el amor rompiendo las cadenas de la moral humana, permitiendo que el ritmo de sus corazones se acompase, bombeen al unísono la sangre hacia los rincones de su cuerpo aun no explorados? Y así permitir, entre abrazos, besos y caricias, que las vírgenes se regocijen, se enamoren, amen. ¿O será Mandinga que viene a pervertirlas, encadenándolas al placer sexual, a la sumisión carnal, a la satisfacción efímera del orgasmo?
Afuera, en las puertas del templo, los fieles oran, los infieles se masturban. Todos a la luz de la luna que agita sus mareas internas, sus océanos de fuego.
¿Será Dios quien responde a sus plegarias y las bendice con un beso? ¿O será Mandinga quien acude a permitir sus deseos más profundos en las noches de luna llena?
Finalmente la trufi se detiene. Llegamos a Chucuito, llegamos a las puertas del templo. De día, la cosa es muy distinta. Nada de sexo, nada de orgías. Traspasamos el arco de la entrada e instantáneamente nos invade el calor. Yo me saco la campera, Nyx se abanica y se muerde los labios. ¿El sol que lastima? ¿O la energía creadora de este lugar? Nosé, pero la temperatura asciende.
Las vírgenes conversan retiradas a un costado. Tienen delante de sí una mesa con artesanías. Aprovecho la excusa de ir a ver para ir a verlas. Realmente quiero conocerlas. Las envuelve una especie de bruma, como a las diosas de las historias. Vapor, todo aquí sufre los calores del templo. Transpiro al acercarme.
- ¡Qué fuerte que está el sol! – exclamo y volteo para ver que dice Nyx, pero Nyx no está. Ha entrado a la sala principal del templo.
Las artesanías de las vírgenes son todas pijas. Pijas grandes, pijas chicas, pijas erectas, pijas dobladas y asustadas, pijas tristes que lloran lágrimas blancas. Hay pequeños hombres sentados sobre sus pijas enormes. Y pijas pequeñas, unas al lado de la otra, colgando de los collares sobre la mesa. Y muchas estatuillas de barro, copulando. De frente, de costado, de parado y acostados.
Observo un poco sorprendido las llamativas figuras y levanto la mirada de vez en cuando para observar disimuladamente a las vírgenes. Son todas muy muy bellas. Un aura de bienestar las rodea, o quizás sea mi predisposición a su belleza lo que me tiene obnubilado. Ninguna me presta atención. Algunas conversan animadamente entre ellas, otras se encuentran en sus labores de artesanas. Carraspeo esperando a que me miren, pero nada. Doy unos pasos y vuelvo a carraspear. Nada. Respiro profundamente y saludo. Me saludan sin mirarme y pierdo todas mis esperanzas de conocerlas.
Me rasco la cabeza en símbolo de resignación, sonrío a la tierra y me doy media vuelta.
- Hola, puedes levantar cualquier objeto que desees. – Escucho una voz tras de mí y antes de darme vuelta ya sé de quien se trata.
María me ve con sus ojos de esmeralda. Su pollera larga, sus pendientes de citrino. Y la larga cabellera oscura que ha adornado con delicado billuterí dorado, algunas piedras verdes, moradas, y unas cuantas pequeñas plumas. Tiene un piercing nuevo, donde nace la nariz, a la altura de los ojos. Dos puntos negros entre esmeraldas. Sus ojos como el cosmos, su piel polvo de estrellas, su sonrisa, la luz que descubre el mundo, lo describe, lo vuelve hermoso.
- Tú en todos lados. – Digo y sonrío al espejismo de los dioses.
- Tú, en todo lados. – Reafirma y tiene razón.
Desde que arrancamos este viaje que no nos hemos detenido. Siempre en movimiento, avanzando. Quizás ya vaya siendo tiempo de parar.
- El destino habla, confirmando lo que ya sabemos. –
- ¿Y qué sabemos? – Pregunto.
- Que no podemos escapar de él. – Dice y sonríe.
No se me ocurre más nada que aportar. Bajo la vista también con una sonrisa y empiezo a ver las artesanías que se deforman antes de llegar al ojo, porque en realidad no estoy viendo, estoy pensando. Pensando en que no puede ser que sea una de las vírgenes del templo. Que es increíble como nuestros destinos se siguen entrelazando. Que…
- Que sí, que por supuesto. – Dice de pronto y me obliga a levantar la mirada.
- ¿Que sí qué? – respondo azorado.
- Que sí a lo que estabas por pensar. –
- ¿Cómo sabes lo que estaba por pensar si ni siquiera yo lo había pensado? – pregunto con real interés desconcertado por lo que acaba de decir.
- Solamente faltaban las palabras, pero todo tu cuerpo ya lo sabía. –
- Cierto que sos una bruja. –
- No necesito ser bruja para darme cuenta. – Y su atrevimiento discursivo eriza mi piel de fuego.
- ¿No vas a comprar nada? – Agrega.
- No lo sé aun. – Respondo como para dilatar nuestro fortuito encuentro.
- Pues entonces vete. – Dice y señala con la cabeza a mis espaldas. – Te están esperando. –
Efectivamente compruebo al darme vuelta y ver a Nyx que me espera y abre los brazos en señal de impaciencia.
- Me voy… - digo y voy despedirla, pero ya se ha ido. Se ha mezclado, supongo, entre las vírgenes que conversan, que tejen, que labran la madera.
- ¿Dónde estabas? – Me pregunta Nyx cuando por fin llego a su encuentro y su voz suena a reproche.
- Mirando las artesanías… - Respondo y me muerdo el labio.
- Estoy hace tres horas dando vueltas entre las porongas ya me aburrí aquí no hay nada me quiero ir. – Dijo toda la oración sin pausas sin puntos y sin comas.
- Bueno, doy una vueltita y nos vamos. –
- Te espero por ahí. – Y señala unos árboles a la distancia mientras comienza a caminar.
- Ya te alcanzo. –
Efectivamente, todo está lleno de porongas. Porongas enormes, erectas, de piedra. En el centro la más grande adornada con hojas de coca que le lleva la gente, un montón de monedas en el suelo, y muchos papelitos doblados a la mitad con plegarias de fertilidad, de potencia, de lascivia y compañía. Me agacho y leo uno escrito en cursiva: “Por favor, ayúdeme a concebir un niño. Ya se su nombre. Por favor, ayúdeme.”. Y otro: “Quiero otra esposa”. Y otro: “Me gusta Juan. Quiero un hijo suyo”. Y otro “Que Benjamín vuelva”, “Que Marcela…”, “Que Susana…”. “Quiero…”, “Necesito…”, “Dámelo…”. “Una hija…”, “Un hijo…”, “Devuélvemelo…”. Plegarias en los muros, en la tierra, sobre las porongas. Palabras, monedas y hojas de coca. Dejo de leer porque la cantidad de dinero en el suelo me llama la atención, y tentado por la abundancia y la falta de creencia en tales ruegos, comienzo a guardar, uno a uno, los solcitos que encuentro por el Templo. Con una ramita saco las que puedo de entre los muros. Soplo aquellas que levanto de la tierra y guardo todas en los bolsillos.
Disimulo cuando entran unas cholas al recinto, no por creer que estoy actuando de mala fe, sino para no ofender sus creencias. Aun así no me prestan atención, hablan en Quechua animadamente, ríen y se suben con insospechada agilidad a dos de las porongas del lugar, a las que aun les llega el solcito. Se acomodan la pollera cubriendo todo el tronco y veo como con un movimiento incomodo se quitan las bombachas y las dejan en el suelo. Traen una bolsa de hojas de coca. Agarran un puñado cada una y comienzan a mascar.
Es tradicional que lo que mis ojos han visto suceda con frecuencia. Muchas mujeres llegan aquí a rogar fertilidad. Muchos hombres a recobrar la potencia. Sin más, me dirijo a la salida con los bolsillos tintineando a cada paso cuando escucho el crujir de las hojas tras una de las piedras fálicas del fondo, mi cuerpo gira y va hacia allí movido por la curiosidad, y porque realmente, no quiero irme. La energía poderosa que emana de este lugar me tiene cautivo, y me sorprendo al recordar a Nyx con fastidio y tedio, ansiosa por retirarse. En cambio yo no siento lo mismo. Una energía arrolladora sube desde abajo y se concentra en mi abdomen, debajo del ombligo. Siento el calor que asciende, desciende y vuelve a subir. Una bola de fuego se mueve por dentro; por fuera el sudor que cae, escapa de mi cuerpo.
Llego y lo que veo me detiene. Indudablemente es María quien está contra la pared. La pollera levantada, su rostro contra el muro, los ojos cerrados. Detrás un hombre, con la fuerza que solo el templo podría darle. Quieto, los ojos bien abiertos, no sé que hacer. Por un lado siento pudor y quiero irme, darles el espacio para que continúen sin testigos. Por otro, ellos han elegido coger en el templo, han previsto la idea de que alguien pueda verlos, y claramente no les importa. Además, soy el único aquí y no han notado mi presencia.
Los gemidos aumentan. María abre los ojos. Me ve y no le importa. Vuelve a cerrarlos. Su boca no para de gritar. Detrás suyo el hombre que la embiste se da vuelta. Tiene mi rostro, pero no es mi rostro. Mi rostro está aquí conmigo, junto a mis ojos que observan, mi boca cerrada, mi respiración agitada. En cambio su rostro es el mío pero desfigurado por el placer y por el gesto de lo prohibido. Su chiva larga es más tupida. Sus ojos negros más oscuros. Lleva un tapado también negro que jamás usé en mi vida. Largo, se extiende casi hasta el suelo. No llega a taparle los pies. Y este detalle que lamentablemente noto me perturba hasta el espanto. Aquel hombre no lleva zapatos. Aquel hombre no tiene pies. Un par de pezuñas asoman desde el suelo por debajo del tapado, y es cuando estoy a punto de gritar o desmayarme que escucho a Nyx detrás mío.
- ¿Qué estás mirando? – Dice y me doy vuelta con la cara contraída por el horror.
- ¡Salgamos de acá! – Suelto las palabras atropelladamente y vuelvo una vez más para comprobar que lo que veo no es un sueño.
Que realmente estamos allí, dos testigos para comprobarlo. Pero no. Parece que sí lo fue. Allí no hay nadie. En el templo estamos solo nosotros y las cholas que mascan coca sentadas sobre las porongas de piedra. Ni rastros de María ni de aquel hombre.
- Sí, salgamos. Para eso te vine a buscar. –
Cruzamos el verde parque y nos vamos hacia la ruta. En el camino vemos un bulldog a los besos con una llama. Por suerte Nyx también los ve, no estoy alucinando. Nos reímos, nos besamos y despedimos a las vírgenes con un saludo que no corresponden. Los bolsillos me pesan y antes de que Nyx llegue a preguntarme algo le digo que voy al baño, que ya regreso.
Y corro sujetándome los pantalones para que no caigan por el peso de las monedas. Entro al recinto sagrado. Pido disculpas en voz baja y le doy la espalda a las cholas para que no vean lo que estoy haciendo. Y poco a poco devuelvo el dinero que me llevé de aquel lugar. No importa si no creo en Viracocha o en Jesucristo. No debería haber profanado el templo. Así que una a una devuelvo las monedas a su lugar. Tiro algunas en el suelo cerca de los falos, otras sobre ellos, el resto entre las piedras de las paredes. Una última mirada a ver si logro ver a María otra vez. Pero no, ni rastros de ella. Cierro los ojos y allí está, la veo. Su cara contra el muro, su boca abierta, mi cuerpo sobre su cuerpo. Una erección asoma allí en el templo, pero pasa desapercibida entre tantas otras.
Me voy como llegué, con los bolsillos vacíos.
- Nyx, tengo que contarte algo. – Empiezo. Nyx me mira.
- Decime. – Exclama pero no puedo llegar a responderle.
La atraigo con fuerza hacia mí y vuelvo a sus besos de miel que calman un poco el veneno que me quema por dentro.



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