ARAMU MURU - Parte 2

El Dragón 

El frío acá arriba es solo soportable por el calorcito que me llega a través del lomo, calorcito que viene de adentro de la bestia. Su corazón, llama encendida, late y abriga, cobija de adentro hacia afuera. Traspasa la carne, las escamas, rompe el frío de viajar en lomo hacia el horizonte, a cientos de metros de altura. 

Mientras viajo en el lomo del dragón pienso qué ha sido que me ha montado aquí arriba, alto muy alto sobre la tierra. Y estoy seguro que ha sido el portal. Como un ascensor que abre sus puertas, y uno entra, espera, y cuando las mismas puertas se vuelven a abrir, el escenario ha cambiado. ¿He subido o he bajado? Estoy en otro lado. Así, pero en dragón. El tiempo de espera en este ascensor de fuego, al cual me subí en plena tormenta eléctrica, se dilata, se expande, abre sus alas y me lleva. La pregunta es hacia que piso. 

¿Dónde se abrirán las puertas? ¿Dónde aterrizaremos? Tengo todavía esa sensación en la panza, cuándo cierran las puertas y el ascensor sube. Vértigo. El cuerpo lo sabe. Sabe que nos elevamos, que aunque no veamos estamos en ascenso. Vértigo, a resbalar del lomo, a caer en la tierra diminuta. Siento los brazos acalambrados. No pienso soltarme de estas escamas. 

El dragón ruge y arroja fuego de colores por el aire. No por violencia, sino por poder. Por mero uso de sus capacidades. Es un artista del aire anunciando su brillantez, su singularidad, su excentricidad de oro.

Dejamos atrás nuestra patria hace unos meses. Haber salido de Argentina, cruzar la medianera a lo del vecino, y comprobar que es muy distinto a nosotros, que vive distinto, que come distinto, que es distinto, fue algo que no esperábamos. Y ahora, ya en la esquina, más cerca de la otra cuadra pero todavía en la misma, nos acercamos a la casa de su primo, el que le puso el nombre al barrio. La calle se llama Cordillera de los Andes, y el barrio Los Incas. Viajo en dragón hacia el centro del Imperio. Hacia Cuzco, corazón de la cultura andina, el exacto inicio del universo. Todos los caminos conducen a Roma. Falacia eurocentrista. Todos los caminos, de este lado del mapa, conducen al Cuzco. Desde los cuatro puntos cardinales, por tierra. Desde todos los rincones del universo, por aire. Y allí, en dragón, hacia el corazón de los Andes. Cuzco, la capital del imperio Inca.

Lo sé. No porque lleve brújula o pueda darme cuenta que vamos hacia el norte. Lo sé porque lo siento. Y si hay algo que aprendí en este viaje es a dejarme guiar por la intuición, por lo que dice el cuerpo, que es más antiguo y más sabio que el cerebro. Vamos hacia el centro, hacia el punto donde confluyen todos las líneas. Donde concluyen. Como un uróboro, también donde inician. 

Desde aquí arriba se ven las constelaciones. Pero no en el cielo sino en el lago. Espejo o galaxia, el Titicaca. Tal vez otra puerta, otra de tantas. Tal vez la misma, la única que ha existido y existirá. Si caigo sobre este lago estoy seguro que apareceré en el cielo, nadando entre las estrellas. Así es el mundo, un estrecho pasillo lleno de puertas. Solo el que sabe hacia donde va, descubrirá cuando la abra que ha llegado a su destino. Sino permanecerán cerradas, hasta que estemos listos de girar el picaporte, empujarla, atravesarla.

Y creo que estamos listos. Eso siento desde aquí arriba mientras miro las estrellas allá abajo. Estamos listos para cruzar la puerta, para adentrarnos de lleno en el corazón del imperio. Avanzar hacia nuestro destino. Hacia el templo final de los orígenes. Siempre siguiendo la Cordillera de los Andes. Desde el fin del mundo hasta el plexo solar, desde la Patagonia hasta el Perú, en ascenso. Quizás sea hora de frenar un rato. Respirar, tomar impulso. 

No somos los mismos que salimos de Argentina. No seremos ya los mismos que algún día volvamos. Es el precio que hay que estar dispuesto a pagar para el ascenso. Para seguir subiendo en este viaje perfecto, por tierra y por aire, como ahora que en el lomo del dragón sobrevuelo la cordillera.

Hace frío. Rozamos los picos nevados de las montañas. La bestia escupe fuego y nos abriga. No hay otra forma de viajar por la Cordillera de los Andes. Calentitos por el fuego que sale del pecho. Sin miedo, sin dudas, a puro impulso de la llama. Respiro el aire puro y oxigeno mi fueguito interno. Es la única forma de estar vivos. Respirando el aire que da vida a nuestra llama. Exhalando a tiempo antes del incendio. En perpetua oscilación, en constante equilibrio. Ni mucho fuego que nos queme, ni poco, para que no se extinga. El dragón, el artista, me enseña con suma gracilidad. Es tan ameno viajar en su lomo. Ya no siento vértigo ni tengo frío. Es como si toda la vida hubiera estado encima suyo. Es casi como si sus alas fueran las mías.

Y de a poco va bajando. Aterriza en plena plaza. Allí me espera Nyx sentada sobre un banquito. A los costados catedrales, y en el centro gente de todas partes del mundo. Realmente estamos en el ombligo, en el centro mismo del universo. Y aquí estamos todos, buscándonos en el origen, tratando de encontrarnos entre tanta gente. 

Quizás haya que cerrar los ojos y mirar hacia adentro. Pero prefiero abrirlos y buscarme en el reflejo, de otros ojos que me miran con dulzura y me esperan con paciencia, a que baje del dragón, ponga los pies sobre la tierra y ofrezca un beso sin palabras, sin preguntas y sin historias. Un beso y nada más. En el centro del imperio. En plena plaza de armas. En Cuzco, finalmente en Cuzco. Un beso con los ojos abiertos. Un beso de fuego, que queme, que abrigue, que nunca se apague. Un beso y no a quien sea. Un beso del alma a Nyx que sonríe, mientras el dragón despega y en un círculo de fuego se va volando hacia el atardecer, de vuelta a la puerta que es el mundo, de vuelta al mundo que también es la puerta.


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