ARAMU MURU

El Portal

La casa de Rodri, nuestro Couch en Puno, es un despelote. Está llena de viajeros. Salomé, de Francia; Juanito, de Colombia; un tío de Barcelona, y otro que no habla por lo que no estoy seguro de donde es. Se van de fiesta, nosotros preferimos quedarnos. Queremos descansar porque mañana nos vamos a un sitio sagrado. Sí, sagrado como cada sitio que visitamos. Pero un poquito más, sagrado como pocos. No es un templo, no es una ciudadela. Tampoco es un castillo o un fuerte donde haya muerto un hombre importante. No. Mañana iremos a un portal. Al portal de Aramu Muru.

Y para invocar el sueño, provocarlo desde la lectura, contar una historia como la que nos contaban cuando éramos chicos, leo sobre el portal. Y por aquí, y por allí, siempre la misma historia. “Se dice que es antiguo, tan antiguo como la raza. Y más antiguo aún, que vino con el mundo. Que así como las aguas, el fuego, los vientos y la tierra llegaron, también así llegó el portal. Parte de la arquitectura divina o vestigios de la explosión primera, no sé, allí se abrió. Como un agujero negro en el cielo, en la piedra apareció una puerta… El Inca la conocía, y también conocía la llave. Si la usaba frecuentemente o solo la usó ese día, no se sabe. Pero es probable que de allí obtuviera el conocimiento divino, la conexión con los Dioses, la puerta hacia la suprema sabiduría. Quizás así expliquemos como trajeron las piedras de las montañas vecinas para encajarlas una a una en los enormes muros del imperio. Tenían la llave y conocían la puerta. Dicen que Pizarro…”. Hasta ahí recuerdo. El resto es sueño y olvido.

Soñé que estábamos en un valle, al borde de un río. Nyx, yo y unos amigos. De un lado el bosque, del otro, la tarde y el río. Esa sensación de nuevo de no estar en un sueño. Un terror insoportable. El horror del encuentro con lo imposible. Un espectro, un eco, un marciano. Oír de pronto un ruido que viene del bosque y no asumir a un animal o a una mujer. Saber desde lo más profundo de uno mismo, que eso que se ha escuchado no es bicho o ser humano. Eso es algo malo. La oscuridad hecha cuerpo y hecha sueño. Su poder inevitable. Y correr. Empezar a correr hacia el campo, cruzar el río. Y un miedo atroz que paraliza el pensamiento, todo lo envía a las piernas, que huyen a través de las piedras, por este paisaje rocoso, de derrumbe que se me presenta. Y Nyx no está, y siento culpa por haber huido y haberla abandonado. Y de vuelta el miedo de eso que me persigue. Grito pero no tengo voz. Vuelvo a correr entre piedras como escamas que sobresalen de la tierra.

Recuerdo a medida que voy narrando, mientras Rodri y Nyx me oyen divertidos, de camino a la terminal, a tomar el bus que nos llevará hasta el Portal. Una vez arriba sigo leyendo, porque la historia quedó a la mitad. “Cuando Pizarro entró al Qoricancha no pudo parar de sonreír mientras observaba las paredes, los adornos, el techo cubierto de oro. Oro por aquí y por allá. Oro en todos lados. Pero fue cuando vio el disco colgado en una de las paredes que los ojos se le salieron de sus órbitas. Tan hermoso, tan perfecto, tan brillante, tanto oro. Tanto oro en una sola pieza. Quiso disimular su sonrisa, limpiarse la baba que le caía de la boca abierta, pero no pudo pasar desapercibido ante todos. Fingió pero no sabía fingir. Ese no era uno de nuestros Dioses. Los demás no se dieron cuenta, creyeron en sus mentiras, le sonrieron a esa boca torcida y babosa. Pero yo no. Yo pude notar su codicia, su alma impura, sus deseos de bestia, su impureza de ser humano. Nada más lejano a los dioses. Nada más terreno, nada menos divino.”

Rodri se sorprende cuando regateo el precio de la entrada, y reímos mientras por un camino estrecho nos dirigimos hacia el lugar. Sobre la piedra una puerta, a sus costados dos tubos calados. Rodri nos cuenta que si nos ubicamos uno en cada costado, dentro de los tubos, y uno en la puerta, podemos activar el portal, desaparecer y reaparecer en otra dimensión. Yo creo que hace falta la llave. Aun así lo intentamos, porque nos asegura que ha desaparecido mucha gente en este sitio. Muchos turistas como nosotros que tientan al destino jugando con sus agujeros negros. Probamos. Uno a cada lado y otro en la puerta. Y rotamos. Por suerte para nosotros nada. Seguimos aquí. No desaparecimos, nada a cambiado. Aunque realmente no lo sé. ¿Cómo será cambiar de dimensión? ¿Todo será distinto? ¿El cielo será violeta? ¿Habrá diez soles avanzando en distintas direcciones y seres esbeltos de ojos enormes que vienen a buscarnos? ¿O será tan imperceptible el cambio que no lleguemos a darnos cuenta? Quizás nos fuimos, y escribo esto desde una dimensión lejana, nueva, distinta, pero tan similar, tan igual en apariencia que estamos convencidos que no nos movimos. Pero quizás sí. Quizás sí.

“Por eso me llevé el disco, por eso me escapé en la noche junto a mi mujer. Llegamos hasta el portal, apoyamos la llave en la puerta y desaparecimos”.

- La historia la narra el sacerdote del Qoricancha. El sumo sacerdote de los Incas. – Nos explica Rodri que ya conoce la historia.

- ¿Y hacia dónde se fue? – Pregunta Nyx cautivada por la leyenda.

- Lejos de la sangre y de la muerte. Lejos de este mundo. – Concluye nuestro amigo y agrega - vengan, vamos. –

Y lo seguimos, hacia arriba, hacia la roca encima del portal. Subimos y nos sentamos a comer unos sanguchitos. El paisaje me sorprende. Es muy similar a mi sueño. Piedras que sobresalen como escamas de la tierra, un paisaje agreste, desolado, magnífico. A lo lejos una tormenta eléctrica que nos sentamos a ver. Los rayos que caen a la distancia, el poder de la naturaleza evidenciándose en el cielo, ante nuestros ojos, peligrosa y violenta, sacudiendo el arriba como hace tiempo no presenciábamos. La luz se acerca, el sonido del cielo que se va quebrando, también. Una gota, dos, mil. Corremos entre las escamas de la tierra a refugiarnos, como en el sueño. Corro y no se si sueño o estoy despierto. Si estoy en la misma dimensión o en otra. Si será tierra lo que se moja bajo mis pies o corremos por el lomo de un dragón dormido. Llegamos a una chocita en el medio de la nada, y entramos. Adentro unas cholas refugiadas, se ríen y nos dejan pasar. Entre chiste y chiste y la lluvia que golpea, pasamos el rato. Entre risa y risa las gotas mengúan su golpear, cesan, y salimos. Estamos empapados, pero el sol está radiante en el cielo y nos ayuda con el frío.

Es hora de regresar, empezamos a caminar entre las escamas del lomo del dragón. Un temblor sacude la tierra, nos quedamos quietos esperando a que pase. Pero no pasa. Se sigue sacudiendo. Nos alarmamos y empezamos a correr, por miedo a que las rocas que parecen escamas se rompan, se derrumben sobre nosotros. Corro desesperado como en el sueño. Las escamas se sacuden, se tuercen, no se quiebren. La tierra bajo mis pies se escurre. Me agarro con fuerza a una de las piedras. Veo una de las alas extenderse, luego la otra. La cabeza de reptil se asoma a la distancia, los ojos ocultos por fin se abren. No sé que sentir, no se que pensar, solo me aferro a una de las escamas del lomo. El dragón dormido ha despertado. Siento el calor que aflora de sus entrañas. La piel cálida abriga, aquí arriba la temperatura ha descendido. La tierra lejana, apenas se ve el portal, un puntito rojo allá abajo. La bestia ruge y su imponencia me da pavura. Me abrazo a una de las escamas y vuelo hacia el sol, sobre el lomo del dragón, que arroja fuego de colores y sobrevuela el mundo hacia delante, siempre hacia delante. Y comprendo que hay portales escondidos en todas partes, que solo se abren cuando uno está dispuesto a cruzarlos.


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