CAMINO A MACHU PICCHU - SALKANTAY TREK - Día 2
Los que saben cuentan que el segundo día es el más difícil, por eso hay que arrancar temprano. Ponemos la alarma a las seis, pero es demasiado. La apagamos y seguimos hasta las 7. Hacemos un chocolate caliente, todavía nos quedan algunos pedazos del que nos dio Eloy en Bolivia. Vemos pasar a todos, van ligeritos, algunos sin mochila y otros tan solo con un bolsito. Atrás las primeras esclavas de la raza, unas cuántas mulas llevan lo que los demás no se animan a cargar. Ni uno con mochilota, ni uno solito. Solamente nosotros, argentinos sin dinero, que se niegan a pagar una excursión por un camino que es libre de andar. Pagaremos las consecuencias.
Dos horas, tres, caminando cuesta arriba.
Nos perdemos la Laguna Humantay, que es parte del camino, pero con todo este
peso se nos hace imposible. Directo al Salkantay. Estamos alto. Bien alto,
rozando los 5000 metros de altura y seguimos subiendo. Nos damos cuenta que
realmente no tenemos la más zonza idea de lo que estamos haciendo. ¿Un kilo de papá
y otro de batata? ¿Dos de bananas y uno de manzanas? ¿Zanahoria, cebolla,
morrón? ¿30 hamburguesas de lentejas? ¡¡¿Por qué?!! ¿Por qué mierda nos
trajimos una verdulería a este camino por la cordillera? Además de la bolsa de
dormir, el abrigo, el anafe, los cuchillos, libros, y la cámara de fotos… Nos
faltó la cargar la leña y nos recibíamos de los más novatos en la historia de
la humanidad. Los Incas se nos cagan de risa. O quizás se enorgullecerían al
ver que somos los únicos que se esfuerzan en este camino hacia las nubes. No
creo. Se nos deben estar cagando de la risa.
Somos los únicos sin razón en este viaje
del corazón. Es lógico, o mejor dicho no lo es, y eso es lo más hermoso. Lo
digo ahora, lejos del dolor de espaldas y los calambres. Ahora que respiro a la
altura del nivel de mar. Refugiado bajo el techo y el calor del hogar. Pero en
ese momento puteaba. Puteaba en silencio para no desmotivar a Nyx, que viene
puteando desde el minuto cero, arrepintiéndose a cada paso de ser una sin razón
que acompaña a un desrazonado.
Finalmente el Abra, el cruce, el punto más
alto del camino. El Abra Salkantay. Tres horas después, podemos asegurar que
valió la pena. A pesar del dolor y el cansancio y la falta de oxígeno. Estamos
a unos cuántos metros del cielo. Nunca tan cerca.
Y la montaña. Fa, mierda que es grande eh.
El corazón, sin duda, de la cordillera. Adelante nuestro. Blanca por el
glaciar. Negra dónde éste no está. Y allí, en el medio del viento, a metros del
cielo también, dos locos como nosotros. Con las mochilotas a un costado,
descansando, admirando la eternidad. Porque si hay algo que puedo asegurar que
es eterno, que siempre ha estado ahí y seguirá, es el Salkantay. Pucha, que
pedazo de montaña.
Se presentan. El Gringo y la Colo. Argentinos
también, no podían ser de otro lugar. Sonreímos, nos sacamos unas fotos, y charlamos
acerca de la impunidad. De la impunidad de sabernos vivos y con dos piernas, de
reconocernos locos, libres, felices de haber llegado hasta allá. Hasta acá, tan
cerquita de las nubes, de los dioses, del glaciar. Vivos, más vivos que nunca.
Rotos pero más enteros que en todo nuestro andar.
Cambiamos contactos y nos vamos. Nos queda
mucho por caminar. Ellos van más tranquilos, no tienen entradas. Se van a comer
un guisito de lentejas en un ratito y a acampar por allá. Ayer durmieron entre
los cardos, cerca de la laguna Humantay. Eran aquellos dos locos que subían
cuesta arriba mientras el viejo los llamaba para que bajen. Seguimos, nosotros
sí tenemos fecha de llegada, no podemos darnos el lujo de descansar.
A paso rápido le metemos, a partir de ahora todo es bajada. El Salkantay se extiende no solo hacia el cielo, mostro negro de pelo blanco, sino hacia los costados. Nos escolta kilómetros y kilómetros mientras seguimos avanzando. A veces mirando el suelo para no caer, paso a paso, viendo donde pisar. A veces mirando al costado al Salkantay. Para siempre, no se va a ir jamás. Cierro los ojos y lo veo una vez más. No se fue. Para siempre nos va a acompañar. En ese nuestro viaje al Machu Picchu y en estos nuestros nuevos viajes hacia el futuro. Cierro los ojos y lo veo. Allí está, junto a la colo y el gringo que sonríen y saludan. Salkantay, para toda la eternidad.







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