CUZCO

Las callecitas de Cuzco tienen ese no se qué…

Hasta acá llegué. Escribiendo. El viaje sigue, las letras duermen. Se retiran al plano de lo onírico, a donde pertenecen, de donde vienen, hacia donde van. ¿Y yo? Mudo entre la gente, al sol de la vida que calienta mis días, me dejo vivir.

Y el tiempo pasa, el camino sigue, y a veces callo. Callo porque las palabras se enredan entre tanta gente, entre tantas otras palabras que van y vienen, que oigo y respondo, que callo.

Pero vuelven, siempre vuelven, han de volver. Porque así es mi vida. Ir y volver. Irse para volver. Siempre volver.

Como al llegar la primavera después de aquel invierno que pareció no terminar jamás, se abren los pétalos de una oración. El perfume aflora, esta flor quiere hablar. Quiere contar su fragancia al mundo, porque aunque no sea una rosa que sabe que todo ser que por allí pase la notará, se detendrá, la admirará; esta flor, mi flor, perfuma igual. No por cien narices que se acerquen a olfatear o mil mariposas que se detengan a probar. No por un amor adolescente esta flor será desterrada. No. Para agradecer humildemente al sol, a la vida, a la primavera que volvió, un día más se abrirá. Un reflejo de amor. Tan solo un poquito de color.

Así, las palabras. Ahora, es momento de contar. De volver. De volver a contar.

Cuzco, ya distante. No es casual que el relato se haya detenido justo al momento de llegar a la ciudad más hermosa del mundo. Un antes y un después de Cuzco (puedo ahora sí afirmar), se traslucen en mi andar. Quizás imperceptible. Quizás lo puedas llegar a notar.

Vivimos un tiempo fuera del tiempo, en el ombligo del universo. La ciudad sagrada nos recibe con las fauces abiertas. Nos recuerda que aquí todo fue magia y sangre, poder y olvido, nacimiento y muerte de la última era de las grandes civilizaciones del mundo. El reseteo estaba próximo y la pólvora de Pizarro apagaba el canto de los pájaros. Quizás también fue eso. La oscura presencia de la muerte que por allí dejó su estela. Por aquí, por todos lados.

Los sueños y las guerras, se puede decir todo pero hay que descansar.

La plaza de armas. Allí llegamos. En dragón, sostengo. Aquí estamos. En plena plaza de armas. Sentados en un banquito, viendo a la gente pasar. Los restos de la Torre de Babel no sé donde habrán caído, pero sin duda aquí están los cimientos. Lo confirmo por la cantidad de idiomas que oigo van y vienen. Todas las culturas del mundo en un mismo lugar. De aquí para allá. Palabras, palabras, en idiomas que no comprendo, sonríen, intentan decir, lo que sus cuerpos sienten caminando por allí, pero es imposible. Lo aseguro, es realmente imposible. Hay algo antiguo que habla desde adentro, que clama en fervor por los viejos dioses, y llora en su desesperación por tanta sangre. Pero no puede decir. No hay palabras que puedan decir “Cuzco”. Solamente se puede nombrar lo que de ella se sabe. Su expresión fonética, su nombre antiguo. Pero no se puede decir lo que se siente. El gran problema de las palabras. Y aun así aquí estamos. Volviendo. Intentándolo, una vez más.

Lo que sí logramos descifrar, es que la gente que sí entendemos porque cargan el mismo idioma que heredamos, está intentando vender. Algo, lo que sea, a todos aquellos que no entendemos, pero que vemos, quieren comprar. Cualquier cosa, lo que sea. Y eso nos posiciona enseguida del lado del que necesitamos estar.

- Algo hay que vender acá, Nyx. – Le digo, y me recuerdo con los ojos como dos signos pesos, como el de los dibujitos animados en estos casos.

- Sí, ya pensaremos qué. Por lo pronto, hay que encontrar hospedaje. – Responde y mira al cielo, que de color rosado, anuncia el atardecer.

- Baratito. – Concluyo, para cerrar el decreto.

De pronto, una melodía cruza el aire hasta mis oídos. La busco, la encuentro. Es la melodía de un ronroco, inconfundible. La memoria me lleva hasta Copacabana, Bolivia. Al trufi, al músico que nos acompañó en el viaje hasta la frontera. 

- Ey, che! – Exclamo al no recordar su nombre.

Su respuesta es una guitarreada y una sonrisa. Viene, nos abraza, y nos recomienda un hostel.

- Vayan a Don Gato, acá a la vuelta, el más barato de la zona. – Otro abrazo y se va como llegó, en una melodía.

Nos calzamos las mochilas y nos vamos. En cinco días nos vamos para el Machu Pichu, las altas cumbres nos esperan. Tocamos timbre y nos abren después de unos minutos. Nos dan una pieza para nosotros solos y nos cobran el día para no olvidarse.

Comemos y nos vamos a pasear, de noche, entre las callecitas de piedra del antiguo imperio Inca.

Gracias vida por guiar mis pasos hasta este lugar.

Gracias pasos por llegar hasta acá.

Gracias Nyx por dar los tuyos a mi lado.

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