CAMINO A MACHU PICCHU - SALKANTAY TREK - Día 4
Último día de caminata. Hoy llegaremos a Aguas Calientes. Arrancamos cuesta arriba que lo parió.
Ayer acampamos justo antes de que empezara la subida. Hoy toca encararla. Y le metemos. Mierda que es empinado. Nyx ya no me habla. Tiene los tobillos hinchados de tanto gegén. El camino es generoso. Paltas, paltas y más paltas. Si algo nos faltaba, era cargar kilos y kilos de oro verde en nuestras cansadas espaldas. Pero no queda otra, no podemos desperdiciar esta oportunidad. Somos millonarios. Marquitos y Guille que salieron después, enseguida nos pasan. Suben sin esfuerzo, con sus mochilas todas desequilibradas rebalsadas, como las nuestras, sí, de paltas. Los encontramos más arriba, en lo más alto del sendero, a los pies de un templo.
Vemos Machu Picchu a lo lejos. Sonreímos y festejamos por puro agradecimiento a la vida y a nuestros cuerpos, que se la re bancaron y se la re bancan. Y hoy, más tarde, nos llevarán hasta allá, a nuestro destino. Ellos siguen, nosotros paramos a descansar y a comer algo. Disfrutamos de nuestro momento en las alturas, un breve respirar, un atento cony ahora sí, a bajar.
El descenso es continuo y extenso, el atardecer avanza. Finalmente, con los tobillos hechos dos pelotas rojas y sangrientas, por los carnívoros gegenes, llegamos a la hidroeléctrica. Somos los últimos en ingresar al sendero. Solo nos quedan diez modestos kilómetros en plano, junto a las vías del tren, rumbo a Aguas Calientes. ¿Quién diría que este camino sería tan sacrificado? ¿Quién? De seguro, nosotros. La noche asoma. Caminamos, caminamos y caminamos. La oscuridad nos cubre y la lluvia comienza. Pero que lo parió. Otra vez a contar pasos para no pensar en el dolor. Nyx (me confesará después) hace un esfuerzo para no llorar, para no rendirse, para no putear-me. Un camping a la vista. Aplaudimos, para festejar por supuesto, pero primeramente para llamar a alguien que nos venga abrir. Llegamos. Necesitamos refugio.
- ¡Hola, sí, queremos acampar! – Grito del otro lado de la tranquera.
- Son cien soles por persona más cien de la carpa. – Responde una señora apenas abriendo unos centímetros la puerta.
- ¡Es mucho, pero por favor, déjenos pasar para conversar! –
- Es lo que es. –
- ¡Por favor, nos estamos mojando! – Suplico.
- A unos cuántos metros tienen el camping municipal. Por allá es más barato. Buenas noches. – Y cierra la puerta.
La luz se apaga. Nyx no puede más. Deja la mochila en el suelo, salta la reja, corre desaforada hacia la entrada, va a matar a la vieja. La vieja, por suerte, alcanza a cerrar la puerta, y se queda acongojada tras el vidrio. Luego sonríe. Se sienta en un sillón de terciopelo anaranjado y sonríe mirando a Nyx con una mirada entre asco y soberbia. Nyx, nunca la había visto así, pega su cara contra el vidrio. Y empieza a reír también. Está empapada. Su pelo rubio oscurecido por el agua y por la noche se pega al cristal, se le enreda en la cara, entre los dientes, las orejas, las pestañas. Un relámpago es todo lo que hace falta para que la vieja abra la puerta y pida perdón; o llame al mayordomo que ahora se asoma tras la cortina de la otra habitación, que traiga la escopeta, que corra y traiga la escopeta cargada.
Por suerte nada de eso. El relámpago nunca llega. La vieja se refugia en lo profundo de la casa. Nyx vuelve y se pone la mochila. Me mira y me dice:
- Dale, vamos. -
Seguimos.
A veces creo que guardo las hojas de la memoria en la misma carpeta que la de la imaginación. Y lo que recuerdo no sé si lo soñé o lo viví. Y lo que viví no sé sí lo soñé o lo pensé.
El recuerdo de un sueño.
El sueño de un recuerdo.
Unos cuántos metros son, para la vieja de mierda esa, podemos comprobar a las dos horas, varios kilómetros más.
El suplicio, finalmente, termina. Llegamos. El famoso camping municipal. Sus puertas están abiertas. Mojadísimos pero felices de haber concluido, dejamos las mochilas, juntamos las paltas que se nos caen y armamos la carpita. Aguas Calientes, te hiciste desear, nos hiciste sufrir, rogar, hasta casi llorar. Pero aquí estamos, al borde de la maravilla, a las puertas del Gran Santuario, a orillas del infinito, a tan solo unos cuántos pasos del inconmensurable Machu Picchu.
Gracias.





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